EDDY ORTIZ CHAPARRO - ESCRITOS A CONTRALUZ
miércoles, 15 de abril de 2026
Se vende humo. No se fía, no insista
miércoles, 19 de marzo de 2025
Destellos
Hay destellos en mis noches. En medio de mis elucubraciones. Como si un atisbo de consuelo apareciera en medio de tantos pensamientos intrusivos.
Las luces chocan contra la ventana y los cristales estallan y esparcen trozos de luna en el piso blanco de mi habitación.
No he vuelto la vista para entender el camino recorrido. Aún no me atrevo a mirar las espinas cubiertas de sangre seca que todavía huelen a miedo.
No me he atrevido a mirar atrás. Porque todavía duelen las cicatrices. Y porque mi corazón aloja un fragmento de mi sombría mirada de aquellos tiempos de tormentas y soles confusos.
Estos ojos en realidad no han cambiado. Siguen teniendo el mismo color verduzco de un pantano. O un marrón de tierra lejana.
Son los mismos ojos. Sin embargo, es otra la mirada. Sigo en carrera hacia los sueños que tanto anhelaba. Siguen brotando los recuerdos en una tibieza húmeda que recorre mi rostro.
Sigo soñando con el pasado. Vivo los sueños como si el tiempo se hubiera detenido mientras dura el REM.
Los despertares calan hondo. Me encogen la vitalidad, me agotan. Pero me levanto.
No me parezco ni a la cuarta parte de quien era en otro tiempo. Soy otra. Con menos brillo en los ojos y una necesaria claridad mental. Sin embargo, existo en el mismo plano terrenal en el que me transformo.
En días soleados, pienso en la mariposa azul que me visita de vez en cuando en la ventana. ¿Acaso su existencia representa algún efecto?
No sé de dónde viene, tampoco logro descifrar las runas de sus alas, me parece que su presencia está relacionada con las almas.
Finalmente, la vida está llena de señales, lo he comprobado incluso intentando fingir demencia.
Hoy las madrugadas están llenas de paz, pero los cristales se tiñen de rojo cuando se incrustan en mis pies cada vez que me levanto.
Me sumerjo en libros nuevos, con una incansable sed de aprender algo de la vida. Y sigo caminando. Mientras sigo sangrando. Y sigo recordando.
Tropiezo y sigo llorando.
Pero sigo, no me detengo. Todavía temo mirar atrás.
Eddy Ortiz Chaparro
jueves, 20 de febrero de 2025
Ponderaciones sobre la ternura II
Sigo pensando acerca de la ternura... Y todavía no logro explicar esa sensación de tibieza que emana de quien la expresa y de quien la experimenta.
Debe tener origen en el amor, de esos que son genuinos, que brotan del pecho, como esos capullos en los espacios más impensados, o como aquellos girasoles que persiguen al sol.
La ternura no tiene aroma, pero supongo que si lo tuviera, sería como la vainilla de un postre hecho en un brasero. Tal vez en una pequeña casita de campo, llena de árboles frutales y pajaritos cantores.
Pero de algo estoy segura: La ternura se nutre de más ternura, porque si no, se ahoga, se vuelve retraída. Sin embargo, ante el más mínimo gesto de aprecio, reaparece intempestiva para invadir todo a su alrededor.
La ternura es ternura incluso en medio de la tormenta, porque su naturaleza no es de las que se "adapta" para sobrevivir, porque es como si tuviera vida propia. Y no anda pintándose las mejillas de carmín. No, no. Porque es sonrosada toda ella, en cualquier clima.
La ternura es la expresión más sincera y pura del amor. Y es inconfundible. Y es inalienable. Y es inimitable por quién no la siente de verdad.
La ternura no tiene cabida en aquellos corazones ensombrecidos por la avaricia, por la desvergüenza, por la consciencia del mal que hacen. Pero estoy segura de que puede curar corazones rotos, afligidos, temerosos.
La ternura es, en toda su extensión y profundidad, la característica del sentimiento más dulce, almibarado, aterciopelado e inmenso, sumergido en la sencillez.
La he visto en muchos rostros. En la mirada de los niños. En las lágrimas de emoción de las madres. En las historias de los abuelos que se vuelven cuentacuentos para adaptar sus tragedias al entendimiento de sus nietos y dejarles una enseñanza.
He visto a la ternura hacerse persona en la congoja de mi amigo al perder a su amado perrito, sostenido en el consuelo de su fe de un reencuentro celestial.
En la suave voz de mi madre, que me consuela todos los días y cuya esencia no conoce de odio.
La ternura es ajena a la estética. No discrimina.
La ternura no se altera ante la adversidad. Y aunque es de este mundo, debe tener origen en la Divinidad.
Estoy segura de que es la cobija de un Dios que se vale de los abrazos para hacernos sentir su presencia.
Y está hermanada a la esperanza, a la sinceridad, a la amistad desinteresada. Es cazadora de miedos y de prejuicios.
Y es imperecedera en la memoria de quien la ha visto y la ha sentido alguna vez en su vida.
Creo firmemente que en este mundo lleno de caos y egoísmo, la ternura nos salva de volvernos despiadados.
Acerca de la ternura I
Bálsamo de almas, pequeño refugio.
Tibieza de pluma, aroma de vainilla y cocido con pan.
Subestimada en fortaleza y curadora de penas.
Es que la ternura es tiernita, es chiquita, es mágica en su andar.
Y es tímida pero no pasa desapercibida.
¿Qué sería de la tierra sin ella? ¿Qué nos haría diferentes de las bestias?
Eddy Raquel Ortiz Chaparro.
Ensoñación
Lleva la calidez de su luz hasta un lado izquierdo de mi pecho, que está irascible, pequeño, muerto.
Temo abrir la boca y dejar escapar mi esperanza.
Temo rememorar y morir de nuevo.
El espejo me habla, me grita, me escupe la verdad.
Y me vuelvo una sorda consciente.
Eddy Raquel Ortiz Chaparro
viernes, 30 de agosto de 2024
Finales y comienzos (31-08-2024)
Hoy, finalmente, tiré la espada ante mi mayor enemigo.
Un monstro gigante, de siete cabezas y un tronco podrido.
Bajé los brazos y caí de rodillas
en un césped acuarela que parece girar a contrarreloj.
No me pude desencallar aún del lodo de las oraciones,
de los poemas inconclusos que se enroscan en mi cuello,
ni de esas canciones que resuenan en mi cabeza
como piedras en un frasco de vidrio a punto de
quebrarse.
Estoy llena de grietas.
Las heridas, finalmente, quedaron expuestas
al destaparse una última fallida esperanza
cobijada en una promesa de sábado
para una charla que jamás ocurrió,
hasta desvanecerse por completo hoy.
Me volví ermitaña durante casi dos meses.
Aprendí sobre la paciencia y la introspección.
Esas reinas que no eran inalcanzables como pensaba.
Admito que le tuve tanto miedo a la oscuridad,
al silencio y a la desolación.
En noches en las que mi mente en desespero
repasaba, al ritmo de un marcapasos,
el ciclo de una gardenia.
Desde su amanecer,
su suave aroma que permaneció durante seis inviernos
hasta volverse rancia.
Parece que no he muerto aún.
Sigo respirando,
mi pulso no desfallece a pesar de la limerencia.
Hay rostros que me sonríen como si nada pasara,
intentando convencerme de que así es,
de que sigo viva y que debo dar gracias.
A decir verdad, no es que algo haya cambiado, en
realidad.
Las madrugadas siguen llenas de insomnio,
me abrazo a paredes frías
en las que resuena el eco de plegarias absurdas.
Y las mañanas son exactamente iguales entre sí;
un mate, una noticia trágica, una manzana, un café
y un calendario que ya no está marcado en el día uno.
Excepto por "eso" que ya no está.
Me pregunto si en algún momento existió todo aquello en lo
que creía.
Suelo flotar de vez en cuando en un trance de
irrealidad.
He intentado conectar con mis raíces,
con mis pequeños sueños,
con ese Dios que me salvó tantas veces de caer al
vacío.
Pero es un señor muy ocupado,
seguramente por eso aún no me responde.
Hasta hoy me abstuve de escribir un poema concluyente,
a la espera de no sé qué, de algo.
Pero ya llegó su tiempo.
Me dicen que los finales realmente son comienzos.
Yo quiero creer que sí.
Antes pensaba que los finales eran felices.
Qué zoncera.
Mientras tanto, voy reverdeciendo
entre letras de trovas sepulcrales,
como si su candidez recorriera mis venas,
en medio de la escarcha que recrudeció el jardín
hasta hacerme valorar las hojitas nuevas de septiembre.
Y es que el despertar de un coma inducido me inmoviliza
todavía,
pero camino sostenida con fuerza,
en huesos rotos que se están volviendo de platino,
tal como siempre me lo exigían.
En algún momento decidí emprender mi propio viaje
astral
sin el cordón de plata.
En esta reminiscencia de mi mundo interior,
ese pequeño paisaje colorido
que había cubierto de cemento y cal
para encajar en un cementerio,
con timidez se asoma nuevamente.
La melancolía se volvió ese huésped inesperado
que vino a vacacionar
y finge demencia para no irse,
y a mí me apena echarla a la calle.
Y en este pozo sin fondo,
estoy abrazando con fuerza un dolor
que me permitió soltar un sufrimiento agonizante en el que desaparecía.
Después de todo, no era tan débil.
Parece que sí había algo valioso dentro de mí,
una sinrazón que pude rescatar.
Y esta fuerza interior,
esta pequeña chispa
que ponía resistencia a tantas incongruencias y
desprecios,
a la devaluación, a la manipulación,
a la indignidad a punto de normalizarse;
esa intuición que debía ser "tratada" para evitar incomodar a otros,
hoy se volvió mi fuerza y me puso a salvo.
Eddy Raquel Ortiz
Se vende humo. No se fía, no insista
Jaime Sabines decía que aquellos tontos enamorados jugaban a tatuar el humo y a no irse. Y puede que en su época esos individuos de buen cor...
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Jaime Sabines decía que aquellos tontos enamorados jugaban a tatuar el humo y a no irse. Y puede que en su época esos individuos de buen cor...
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Parece que la tarde nunca se extingue en verano, ni el canto de las cigarras en los tímpanos. cuando la juventud se aferra a la ...
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Es extraño no extrañarte. A veces, cuando te paseas por el flanco de mi oído derecho, con ese susurro de tantos ...


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