miércoles, 15 de abril de 2026

Se vende humo. No se fía, no insista

Jaime Sabines decía que aquellos tontos enamorados jugaban a tatuar el humo y a no irse. Y puede que en su época esos individuos de buen corazón todavía no pasaron por una pandemia de COVID, un Artemis II o un espectacular show de entretiempo de un conejo bravo que mueve multitudes.

Menos mal que ya no lo vivió y tampoco fue testigo del nuevo prototipo de bufón, al que lo conocen como el Key Account Manager del tatatī. 

Este de quien les hablo se viste de alto prestigio. Apunta lejos con el dedo meñique y por sus oídos se dispersa una sustancia gaseosa y gris, que incluso en la oscuridad se huele.

Todo pasa por una cuestión de forma, porque de fondo se llega al vacío. 

Este personaje es muy similar a la teoría de Anselmo de Canterbury para demostrar la existencia de Dios. Es un acto de fe por el cual se paga y, para colmo, te hace creer que nadie es merecedor de tanto ingenio.

Se combina con la sensación de escasez de yodo de ese algo que ofrece, aunque es de dudosa existencia. Parece un revuelo en la cabeza, pero les aseguro que va a algún punto. 

Un sujeto cuyo centro de pensamiento hace creer que tiene un objetivo, claro que sí... Y pensarán que es así y que por las propias limitaciones de un ser común y poco ambicioso que detesta, nadie es capaz de comprender su alcance.
 
Entonces logrará que todos finjan que lo entienden, que habla de algo importante, de algo que tiene que tener sentido, porque podrían ser excluidos de ese espacio de corporaciones donde la ascendencia es la combinación de la caja fuerte.
 
Es más. Hasta le pagarán por mostrarles esa revelación que no son capaces de ver por sí mismos.

El tatatī es el producto/servicio con más demanda en el mercado actual. El más inalcanzable. El más deseado. Es la inexistencia misma encarnada en una propuesta atractiva, de diseño vanguardista y concepto disruptivo al que le llaman "innovación".

Y hay una obligatoriedad de reconocer al humo como lo que no es. Y lo nombramos una, y otra, y otra vez. Y quienes no son capaces de venderlo, lo compran. 

El humo es transversal a toda persona que sabe tomar la oportunidad y la explota a cualquier costo. Y se pavonea entre otros KAM como él.

El humo mismo es un artificio, como la inteligencia que nos hace artífices de él, entre titulares que no significan nada consolidan y reafirman acciones concretas.

El tatatî hepyme'e es el negocio redondo de los pequeños grandes hacedores de chispas, de los que tiran ramitas para no ir al cerro a traer la leña que enciende llamas. 

El humo no tiene patas cortas, no.  Directamente flota y la tierra nunca siente sus pies. Va con fuerza y mientras se pavonea, una que otra vez, viene un ventarrón que lo atraviesa y lo hace desaparecer. 
Finito y efímero. Así es. 

Se vende humo. No se fía. No insista.





miércoles, 19 de marzo de 2025

Destellos


Hay destellos en mis noches. En medio de mis elucubraciones. Como si un atisbo de consuelo apareciera en medio de tantos pensamientos intrusivos.

Las luces chocan contra la ventana y los cristales estallan y esparcen trozos de luna en el piso blanco de mi habitación. 

No he vuelto la vista para entender el camino recorrido. Aún no me atrevo a mirar las espinas cubiertas de sangre seca que todavía huelen a miedo.

No me he atrevido a mirar atrás. Porque todavía duelen las cicatrices. Y porque mi corazón aloja un fragmento de mi sombría mirada de aquellos tiempos de tormentas y soles confusos.

Estos ojos en realidad no han cambiado. Siguen teniendo el mismo color verduzco de un pantano. O un marrón de tierra lejana.

Son los mismos ojos. Sin embargo, es otra la mirada. Sigo en carrera hacia los sueños que tanto anhelaba. Siguen brotando los recuerdos en una tibieza húmeda que recorre mi rostro. 

Sigo soñando con el pasado. Vivo los sueños como si el tiempo se hubiera detenido mientras dura el REM.

Los despertares calan hondo. Me encogen la vitalidad, me agotan. Pero me levanto. 

No me parezco ni a la cuarta parte de quien era en otro tiempo. Soy otra. Con menos brillo en los ojos y una necesaria claridad mental. Sin embargo, existo en el mismo plano terrenal en el que me transformo.

En días soleados, pienso en la mariposa azul que me visita de vez en cuando en la ventana. ¿Acaso su existencia representa algún efecto?

No sé de dónde viene, tampoco logro descifrar las runas de sus alas, me parece que su presencia está relacionada con las almas. 

Finalmente, la vida está llena de señales, lo he comprobado incluso intentando fingir demencia.

Hoy las madrugadas están llenas de paz, pero los cristales se tiñen de rojo cuando se incrustan en mis pies cada vez que me levanto.

Me sumerjo en libros nuevos, con una incansable sed de aprender algo de la vida. Y sigo caminando. Mientras sigo sangrando. Y sigo recordando. 

Tropiezo y sigo llorando. 

Pero sigo, no me detengo. Todavía temo mirar atrás.

Eddy Ortiz Chaparro

jueves, 20 de febrero de 2025

Ponderaciones sobre la ternura II




Sigo pensando acerca de la ternura... Y todavía no logro explicar esa sensación de tibieza que emana de quien la expresa y de quien la experimenta.

Debe tener origen en el amor, de esos que son genuinos, que brotan del pecho, como esos capullos en los espacios más impensados, o como aquellos girasoles que persiguen al sol.

La ternura no tiene aroma, pero supongo que si lo tuviera, sería como la vainilla de un postre hecho en un brasero. Tal vez en una pequeña casita de campo, llena de árboles frutales y pajaritos cantores.

Pero de algo estoy segura: La ternura se nutre de más ternura, porque si no, se ahoga, se vuelve retraída. Sin embargo, ante el más mínimo gesto de aprecio, reaparece intempestiva para invadir todo a su alrededor.

La ternura es ternura incluso en medio de la tormenta, porque su naturaleza no es de las que se "adapta" para sobrevivir, porque es como si tuviera vida propia. Y no anda pintándose las mejillas de carmín. No, no. Porque es sonrosada toda ella, en cualquier clima.

La ternura es la expresión más sincera y pura del amor. Y es inconfundible. Y es inalienable. Y es inimitable por quién no la siente de verdad. 

La ternura no tiene cabida en aquellos corazones ensombrecidos por la avaricia, por la desvergüenza, por la consciencia del mal que hacen. Pero estoy segura de que puede curar corazones rotos, afligidos, temerosos. 

La ternura es, en toda su extensión y profundidad, la característica del sentimiento más dulce, almibarado, aterciopelado e inmenso, sumergido en la sencillez.

La he visto en muchos rostros. En la mirada de los niños. En las lágrimas de emoción de las madres. En las historias de los abuelos que se vuelven cuentacuentos para adaptar sus tragedias al entendimiento de sus nietos y dejarles una enseñanza.

He visto a la ternura hacerse persona en la congoja de mi amigo al perder a su amado perrito, sostenido en el consuelo de su fe de un reencuentro celestial. 

En la suave voz de mi madre, que me consuela todos los días y cuya esencia no conoce de odio.

La ternura es ajena a la estética. No discrimina.

La ternura no se altera ante la adversidad. Y aunque es de este mundo, debe tener origen en la Divinidad.

Estoy segura de que es la cobija de un Dios que se vale de los abrazos para hacernos sentir su presencia.

Y está hermanada a la esperanza, a la sinceridad, a la amistad desinteresada. Es cazadora de miedos y de prejuicios.

Y es imperecedera en la memoria de quien la ha visto y la ha sentido alguna vez en su vida.

Creo firmemente que en este mundo lleno de caos y egoísmo, la ternura nos salva de volvernos despiadados. 

Eddy Raquel Ortiz Chaparro

Acerca de la ternura I

Bálsamo de almas, pequeño refugio.

Tibieza de pluma, aroma de vainilla y cocido con pan.

Subestimada en fortaleza y curadora de penas.

Es que la ternura es tiernita, es chiquita, es mágica en su andar.

Y es tímida pero no pasa desapercibida. 

¿Qué sería de la tierra sin ella? ¿Qué nos haría diferentes de las bestias? 

Eddy Raquel Ortiz Chaparro.

Ensoñación

Imagen propia


Traigo una luciérnaga en la garganta, que quedó atorada en la sorpresa de un sueño.

Lleva la calidez de su luz hasta un lado izquierdo de mi pecho, que está irascible, pequeño, muerto.

Temo abrir la boca y dejar escapar mi esperanza. 

Temo rememorar y morir de nuevo.

El espejo me habla, me grita, me escupe la verdad. 

Y me vuelvo una sorda consciente.

Eddy Raquel Ortiz Chaparro

viernes, 30 de agosto de 2024

Finales y comienzos (31-08-2024)

Hoy, finalmente, tiré la espada ante mi mayor enemigo.

Un monstro gigante, de siete cabezas y un tronco podrido.

Bajé los brazos y caí de rodillas 

en un césped acuarela que parece girar a contrarreloj.

No me pude desencallar aún del lodo de las oraciones,

de los poemas inconclusos que se enroscan en mi cuello,

ni de esas canciones que resuenan en mi cabeza

 como piedras en un frasco de vidrio a punto de quebrarse.

 

Estoy llena de grietas.

Las heridas, finalmente, quedaron expuestas

al destaparse una última fallida esperanza 

cobijada en una promesa de sábado

para una charla que jamás ocurrió,

hasta desvanecerse por completo hoy.

 

Me volví ermitaña durante casi dos meses.

Aprendí sobre la paciencia y la introspección.

Esas reinas que no eran inalcanzables como pensaba.

 

Admito que le tuve tanto miedo a la oscuridad, 

al silencio y a la desolación.

En noches en las que mi mente en desespero

repasaba, al ritmo de un marcapasos,

el ciclo de una gardenia.

Desde su amanecer,

su suave aroma que permaneció durante seis inviernos

hasta volverse rancia.

 

Parece que no he muerto aún.

Sigo respirando,

mi pulso no desfallece a pesar de la limerencia.

 

Hay rostros que me sonríen como si nada pasara,

intentando convencerme de que así es, 

de que sigo viva y que debo dar gracias.

 

A decir verdad, no es que algo haya cambiado, en realidad. 

Las madrugadas siguen llenas de insomnio, 

me abrazo a paredes frías

en las que resuena el eco de plegarias absurdas. 

 

Y las mañanas son exactamente iguales entre sí;

un mate, una noticia trágica, una manzana, un café

y un calendario que ya no está marcado en el día uno.
Excepto por "eso" que ya no está.

 

Me pregunto si en algún momento existió todo aquello en lo que creía.

Suelo flotar de vez en cuando en un trance de irrealidad. 

He intentado conectar con mis raíces, 

con mis pequeños sueños, 

con ese Dios que me salvó tantas veces de caer al vacío. 

Pero es un señor muy ocupado,

 seguramente por eso aún no me responde.

 

Hasta hoy me abstuve de escribir un poema concluyente,

a la espera de no sé qué, de algo.

Pero ya llegó su tiempo.

Me dicen que los finales realmente son comienzos. 

Yo quiero creer que sí. 

Antes pensaba que los finales eran felices. 

Qué zoncera.

 

Mientras tanto, voy reverdeciendo

entre letras de trovas sepulcrales, 

como si su candidez recorriera mis venas, 

en medio de la escarcha que recrudeció el jardín

hasta hacerme valorar las hojitas nuevas de septiembre.

 

Y es que el despertar de un coma inducido me inmoviliza todavía,

pero camino sostenida con fuerza,

en huesos rotos que se están volviendo de platino, 

tal como siempre me lo exigían.

 

En algún momento decidí emprender mi propio viaje astral 

sin el cordón de plata.

 

En esta reminiscencia de mi mundo interior, 

ese pequeño paisaje colorido 

que había cubierto de cemento y cal 

para encajar en un cementerio,

 con timidez se asoma nuevamente.

 

La melancolía se volvió ese huésped inesperado

que vino a vacacionar

y finge demencia para no irse,

y a mí me apena echarla a la calle.

 

Y en este pozo sin fondo, 

estoy abrazando con fuerza un dolor 

que me permitió soltar un sufrimiento agonizante en el que desaparecía.

 

Después de todo, no era tan débil. 

Parece que sí había algo valioso dentro de mí,
una sinrazón que pude rescatar.

Y esta fuerza interior, 

esta pequeña chispa 

que ponía resistencia a tantas incongruencias y desprecios, 

a la devaluación, a la manipulación,

a la indignidad a punto de normalizarse;

esa intuición que debía ser "tratada" para evitar incomodar a otros,

hoy se volvió mi fuerza y me puso a salvo.

 

Eddy Raquel Ortiz

 


Se vende humo. No se fía, no insista

Jaime Sabines decía que aquellos tontos enamorados jugaban a tatuar el humo y a no irse. Y puede que en su época esos individuos de buen cor...