Menos mal que ya no lo vivió y tampoco fue testigo del nuevo prototipo de bufón, al que lo conocen como el Key Account Manager del tatatī.
Este de quien les hablo se viste de alto prestigio. Apunta lejos con el dedo meñique y por sus oídos se dispersa una sustancia gaseosa y gris, que incluso en la oscuridad se huele.
Todo pasa por una cuestión de forma, porque de fondo se llega al vacío.
Este personaje es muy similar a la teoría de Anselmo de Canterbury para demostrar la existencia de Dios. Es un acto de fe por el cual se paga y, para colmo, te hace creer que nadie es merecedor de tanto ingenio.
Se combina con la sensación de escasez de yodo de ese algo que ofrece, aunque es de dudosa existencia. Parece un revuelo en la cabeza, pero les aseguro que va a algún punto.
Un sujeto cuyo centro de pensamiento hace creer que tiene un objetivo, claro que sí... Y pensarán que es así y que por las propias limitaciones de un ser común y poco ambicioso que detesta, nadie es capaz de comprender su alcance.
Entonces logrará que todos finjan que lo entienden, que habla de algo importante, de algo que tiene que tener sentido, porque podrían ser excluidos de ese espacio de corporaciones donde la ascendencia es la combinación de la caja fuerte.
Es más. Hasta le pagarán por mostrarles esa revelación que no son capaces de ver por sí mismos.
El tatatī es el producto/servicio con más demanda en el mercado actual. El más inalcanzable. El más deseado. Es la inexistencia misma encarnada en una propuesta atractiva, de diseño vanguardista y concepto disruptivo al que le llaman "innovación".
Y hay una obligatoriedad de reconocer al humo como lo que no es. Y lo nombramos una, y otra, y otra vez. Y quienes no son capaces de venderlo, lo compran.
El humo es transversal a toda persona que sabe tomar la oportunidad y la explota a cualquier costo. Y se pavonea entre otros KAM como él.
El humo mismo es un artificio, como la inteligencia que nos hace artífices de él, entre titulares que no significan nada consolidan y reafirman acciones concretas.
El tatatî hepyme'e es el negocio redondo de los pequeños grandes hacedores de chispas, de los que tiran ramitas para no ir al cerro a traer la leña que enciende llamas.
El humo no tiene patas cortas, no. Directamente flota y la tierra nunca siente sus pies. Va con fuerza y mientras se pavonea, una que otra vez, viene un ventarrón que lo atraviesa y lo hace desaparecer.
Finito y efímero. Así es.
Se vende humo. No se fía. No insista.
